El uso de lenguas maternas en psicoterapia

El artículo publicado en la revista británica ‘Therapy Today’ (Vol. 25 / Issue 4), escrito por Beverly Costa y titulado ‘Counselling in many tongues’, habla de investigaciones realizadas sobre el uso de distintas lenguas maternas en psicoterapia. Encuentro interesantes  los siguientes párrafos, que son extractos del artículo:

¿Qué podría ser lo que cambia cuando hablamos en un idioma u otro, además de nuestros valores morales? Me precio de ser una persona muy positiva, pero cuando hablo en español, me descubro quejándome incesantemente de cosas a las que casi ni prestaría atención cuando hablo en inglés.

En nuestros propios estudios con clientes multilingües, un participante describía cómo se percibía a sí mismo de forma distinta en diferentes idiomas: ‘Siento que una gran parte de mí simplemente no va a la terapia conmigo. Tengo diferentes personalidades en cada idioma que hablo, así que hablar sólo en inglés en la terapia no me ayuda… Si tengo que traducir al inglés… Para mí ya no es lo mismo’.

Es probable que nuestra emotividad se intensifique en nuestra lengua materna, ya que generalmente aprendemos este idioma a una edad temprana y en el contexto de nuestra familia, así que evoluciona paralelamente a nuestros sistemas de regulación emocional. Esto significa que presenta más conexiones con las estructuras subcorticales del cerebro que intervienen en las respuestas nerviosas de la excitación, incluyendo el aprendizaje mediado por la amígdala. Cada vez se presta más atención a la forma en la que personas multilingües utilizan distintos idiomas para expresar o reprimir sus emociones. Como explica uno de los participantes en nuestros estudios: ‘Cuando mi terapeuta hablaba en inglés, suponía que yo reprimía mis emociones y me aconsejaba que me desinhibiera… Entonces empezó a hablar en español y observó que así no se producía esa represión’.

En nuestros estudios, algunos clientes describían cómo el uso de su lengua materna les permitía conectar con sus recuerdos, emociones y relaciones más tempranas: ‘… cuando introduje algunas palabras de mi lengua materna, empezó a cobrar más sentido hablar de mi infancia. Era como si el inglés no me permitiera acceder a mis recuerdos de una forma eficiente y simplemente necesitaba algunas palabras clave en mi lengua materna para evocar esos recuerdos’.

Otro cliente comentaba: ‘Fue [hablar en su lengua materna] muy beneficioso para conectar con mis sentimientos presentes y pasados hacia mi madre, con la que sólo hablaba en mi lengua materna, así que necesitaba “hablar” con ella (en mis pensamientos) en ese idioma. No podía sentir realmente lo que le “diría” a menos que imaginara las palabras en mi idioma nativo’.

Traducción del inglés al español realizada por Carlos Lorenzo.

Nuestra felicidad

Muy interesante un artículo de opinión aparecido en el periódico El Mundo versión digital fecha 20/03/14 http://www.elmundo.es

El articulo hace mención a un libro escrito por María Jesús Álava Reyes, titulado ‘Las tres claves de la felicidad’ y editado por La Esfera de los Libros. En él explica que la felicidad depende en gran medida de la capacidad que las personas tengan para perdonarse, para quererse y para coger las riendas de su vida.

A continuación un extracto del artículo:

¿Cuáles son las tres claves que nos ayudarán a encontrar la felicidad?

La primera es “perdonarnos el pasado”. Muchos adultos viven aún condicionados por situaciones que experimentaron hace muchos años. En numerosos casos no son conscientes de ello, pero el origen de su debilidad puede remontarse a hechos lejanos en el tiempo, pero presentes en sus emociones.

Hoy nos cuesta mucho perdonarnos porque, en algún momento de nuestro desarrollo, no nos enseñaron que detrás de un error casi siempre hay una posibilidad de rectificación, que la equivocación puede ayudarnos a ver el aprendizaje que estaba oculto, y que es la confianza la que genera seguridad, mientras que el miedo nos arrastra a la debilidad y al fracaso.

La segunda clave es “asumir nuestro presente”. No sentirnos culpables por la conflictividad de las personas más cercanas, incluidos nuestros hijos.

Muchas personas se sienten responsables de lo que ocurre a su alrededor, y muchos padres sufren y se sienten muy culpables; culpables de lo que hacen sus hijos o de lo que omiten; culpables de la agresividad con que se comportan o de la falta de control que manifiestan; culpables cuando fracasan en los estudios o ante la carencia de esfuerzo y motivación que muestran.

Es posible que algunas personas piensen que los hijos son el fiel reflejo de sus padres, pero esta creencia, por muy extendida que esté, no es exacta, ni se corresponde siempre con la realidad.

Los padres influyen en sus hijos, pero no son enteramente responsables de cómo evolucionen.

Los chicos que están confundidos y presentan conductas de riesgo no necesitan padres culpables; lo que precisan son progenitores seguros, valientes, llenos de energía y de confianza, que les faciliten el análisis de sus equivocaciones y les ayuden a encontrar el equilibrio emocional que hace tiempo perdieron.

Y los padres que se sienten al límite y quieren ayudar a sus hijos, previamente, deberán perdonarse por todo aquello por lo que injustamente se sienten culpables.

La tercera clave es “ser nuestros mejores amigos, querernos bien y perdonarnos mejor”. Recordemos que las únicas personas que estaremos siempre a nuestro lado -en el sentido literal de la palabra-, somos nosotros mismos. Por ello, resulta crucial que nos queramos bien.

Desde la psicología, sabemos que podemos aprender a querernos bien, y si lo hacemos, estaremos más cerca de alcanzar la felicidad que anhelamos.

La fórmula para ser nuestros mejores amigos es perdonarnos por nuestros fallos y querernos por nuestros esfuerzos.